20091114

Luna

Se ha cumplido un año desde que este tren partió por vez primera. Trescientossesentaycinco días de viaje espacial, mental y emocional. Trescientossesentaycinco noches de escuchar la música de estas vías sonar y dormir arrullada por ella.
Un año más.
Año, una vez más, de demencia escapando por cada poro, bailando entre mis cabellos y riendo con la voz del viento. Año de comienzos sin final, de decisiones que me han catapultado fuera de este mundo mío y hasta el fondo de la espiral de voces que me acompaña en el viaje que es mi vida. Ante todo, año en el que he elegido, contra toda anterior suposición, la Vida. Y prometido que nadie, Nadie, podrá volvérmela a arrebatar. Meses de tropiezos que me han llevado a las costas que decido recorrer. Sin mirar atrás, sin lágrimas de despedida, sin pañuelos al aire, sin lastre, como tantas veces dijiste. Sin lastre. Sin miramientos, reividicando al fin esta existencia como mía, entera, con todo y su locura y sus voces y su oscuridad y su dolor y sus espirales, esas espirale que giran interminablemente hacia pozos subterráneos, y los pozos, y las decepciones, cuántas decepciones, y la indiferencia, y el limbo emocional, y los demonios. CON TODO. Finalmente, Julieta ha decidido dejarse de luchas destinadas a fallar y abrazar a su demencia aceptándola como fiel compañera. Inquebrantable amistad, la de Julieta y su demencia. Ya no a espaldas, ya no escondida en una cajita, ahora, en la mirada, de la mano, a su lado cuando duerme debajo de estrellas que bailan para ella.
Sí, Julieta ha elegido vivir.
Y este tren ha intentado morir incontables veces, y algunas, ha estado a punto de lograrlo. Cerrar la compuerta del carbón, apagar sus luces y dar por terminado este paseo nocturno al que dedica su respiración de vapor danzante.
Pero la Luna comienza un nuevo andar en su camino de polvo estelar. Y la Luna en mi nombre aborda el viejo vagón que se entrega decidido al horizonte. Una vez más.


-Julieta Luna.

Imágenes por Al Magnus.

20091107

Sexo

"A veces, cuando termina, lloro. Le doy la espalda para que no me pueda ver, siento su brazo pasar por encima de mi cuerpo para abrazarme contra él, y lloro. A veces por unos minutos, a veces por la noche entera. Clavo mi vista en la pared y empapo, lenta y silenciosamente, la almohada que no me pertenece, y llorando me quedo dormida. Él, que siempre cambia de nombre y de apellido, pero que invariablemente termina con una sonrisa bien pintada en su siempre atractiva cara, no se da cuenta. Nunca se da cuenta. Tiene mi cuerpo acostado contra el suyo, puede oír mi respiración como si fuese propia y contar mis latidos con los dedos de su mano, pero no se da cuenta. Se da cuenta la noche, que me susurra historias de niños al oído, se da cuenta la cama, que me abraza para transportarme al sueño, y se da cuenta mi cuerpo, desnudo y atrapado, frágil y abandonado, amado y completamente solo. Y aunque lo intente presionar contra Él, aunque trate de borrar cada centímetro que nos separa y fusionarme con su cuerpo, no siento el calor que emana de él, no siento la distancia disminuida ni el contacto de mi piel con la suya. Y lloro. Sin razón y con miles de ellas. Lloro.
A veces se pregunta por qué me alejo cuando me toca. Yo sonrío y no respondo. Porque me duele. Sus dedos sobre mi piel me queman como lenguas de fuego, y dejan su marca por donde pasan en modo que sigo sintiendo la piel en carne viva cuando se van, y puedo retrazar el camino que hicieron, puedo casi verlo pintado en mi cuerpo. Me molesta que me toquen sin amor, pero me rompe que lo hagan amándome. Me destroza, quema agujeros en mi pecho que tardo días en reparar. Hay veces que es insoportable y siento que mi cuerpo se va a desmoronar, comienzo a temblar de miedo y me tengo que alejar, que correr, que darle la espalda y cerrar la puerta a sus caricias. Y se pregunta por qué me alejo. Por qué huyo. Por qué la mirada distante y desconectada, por qué la frialdad. Porque si me conecto, me rompo en pedazos, y no tengo las fuerzas de levantar los trozos. Porque si comienzo a sentir no tendré el coraje de terminar de hacerlo. Porque me duele el amor, más que cualquier otra cosa. Porque me rompe."

Hace siete meses, Julieta pimtó estas palabras en un cielo sin Luna. Esta noche han vuelto a taladrarme la mente. Y al levantarme, las he visto trazadas sobre mi piel desnuda. Una vez más.


Imágenes por Deseo

20091103

Las Líneas de Mi Mano

Julieta parte (deja vú)
Julieta se va (deja vú)
Julieta no sabe cuándo volverá.
Deja vú.
Dicen por ahí que de tanto buscar la cura acabaré por marchitarme demasiado pronto.

“…me convertí en domadora de versos y olvidé la palabra Soledad. Hasta esta madrugada. La sola fuerza de su mirada me hizo despertar. Estaba en un rincón. Con sus ojos felinos puestos sobre mí. Se acercó despacio. Me paralizó el terror. Y no pude ni gritar cuando enterró sus fauces de hierro en mi garganta. Me atravesó por completo.-
-¿Qué? ¿Qué cosa?-
-La palabra Vacío. Me atacó esta madrugada, y una vez más se vaciaron todas las demás palabras.-
-Leo tu vida en las líneas de tu mano, y parece que fue escrita por un novelista. Tu destino es viajar. De barco en tren. De tren en barco. A veces feliz de ser tan libre.-
-A veces triste, hasta la locura, por la misma razón.-
-Hacer y deshacer maletas.-
-Empacar y desempacar amor.-
-Amor de hostal.-
-Amor de esquina.-
-Esquina de cinco estrellas.-“

Adaptación de “La Eternidad Por Fin Comienza Un Lunes”, por Ada.

Y esas palabras escriben hoy los sueños de Julieta.
Porque se carga a espaldas su mirada.
Una vez más.

20091021

Despedida

No sé cómo me enteré de que mi madre había muerto. No recuerdo que nadie me lo dijera, pero recuerdo que a cierto punto, tuve la certeza de que había sucedido. Nos escribió una carta, a mí y a mis hermanas, antes de hacerlo. Sabía que iba a morir. Y estaba vestida de morado, el color de la Esperanza, al hacerlo. La carta estaba escrita en inglés, y yo sentí al leerla la angustia y frustración que ella sintió al escribirla. Lo cortas que se quedaban las palabras, tener tantas cosas que decir que terminaba por no decir ninguna. La impotencia de saber que era su última oportunidad para decirnos todo lo que nos quería decir. Y también una paz, un agradecimiento interno, por tener el espacio para hacerlo. Parecían frases de libro de autoayuda. Una para cada una de nosotras. Enseñanzas de vida como las de las galletas chinas de la fortuna. Y yo hace años no como una galleta de la fortuna porque nunca me he dado el tiempo de investigar de qué están hechas. Y la carta seguía por páginas. Y yo, como en cualquier velorio, al inicio no lloraba. Y a diferencia de todo velorio, al final terminaba haciéndolo, más que ninguno de los presentes, más que todos juntos. Pero a ellos, a los presentes que se dolían por una pérdida ajena, yo no los veía. Veía un poste de luz, sin luz, y no tenía las fuerzas de abrazarme a mí misma al llorar. Tenía los brazos sueltos, al lado de mi cuerpo, y una blusa color morado, el color de la Desesperanza. Y solté todas las lágrimas que no había soltado en años, en público, y completamente sola. Al inicio lo hice con calma y tranquilidad, como nos obligaban a hacerlo en Teatro, con la cara relajada y las gotas fluyendo lentamente de ojos abiertos, como Mariela la Argentina, a quien ni siquiera se le corría el maquillaje, Mariela que no parpadeaba cuando ríos de tristeza nacían sin prisa de sus ojos grandes. Qué bonita era Mariela. Y yo, junto al poste de luz, me sentía culpable, porque en los últimos tiempos había estado enojada con mi madre. No, no enojada, o quizás sí, no lo recuerdo, pero recuerdo que no la había tratado bien. Recuerdo haber estado tan triste, tan arrepentida. Y recuerdo su imagen, y su vestido morado, con florecitas negras, un vestido que no era para alguien de su edad, de ésos que comenzó a usar cuando entró a la universidad. Y por alguna razón, en esa imagen, mi madre sabía que moriría. Mi padre había muerto tiempo antes, y yo me preguntaba qué sería de mis hermanas. Tenía planes de partir, como siempre, vida que empacar y un país que dejar atrás. Mi mente se debatía entre quedarme y hacerme cargo de ellas o continuar con mis planes. Me sentí totalmente perdida. Y con una culpa aplastante sofocándome, sentí también alivio. Me dije que ya no había ataduras. Y decidí, a pesar de todo, partir.

Dice que lloré a cántaros esa noche, que mis sollozos le despertaron pero no se atrevió a sacarme de mi pesadilla.

Porque esa noche, soñé que mi madre moría.



Imágenes por David Stoupakis

20091012

Mapa


"Extraño contar las pecas de su espalda" Decía mi hermana. Y no podía creer que mis pecas, nadie las contara. Extrañaba un lunar en su hombro, mi hermana. Y le sorprendía que yo no tuviera memorizado el mapa de lunares escrito en pieles ajenas.

¿Alguien me quiere prestar sus pecas? Tan sólo por una noche.

El pago, un dibujo del firmamento tatuado en mis pupilas de miel,

Y la promesa de no olvidar, jamás, las coordenadas de su piel.

Tiemblo

Oigo la musiquita sonar




Y el pecho crecer




Y los suspiros escaparse por mis poros abiertos




Y me conozco



Y sé que es probablemente lo mismo que ha sido siempre



Siempre



Siempre



S.


Siempre.


Pero hoy, lo siento diferente


Y sé que lo he sentido


(Diferente)


Y sé que lo he dicho


(Muchas veces)


Y sé





Sé y me conozco.


Pero siento un vuelco, que me tira de la silla, literalmente,

Un vuelco

Ah!

Así es

Ah!

Una punzada de miedo

Terror

Y expectación

Ah!

Un suspiro atrapado, antes de llegar a la garganta

Ah!

Ah! Ah!


Sé que lo he dicho
Pero hoy me quemo
Me quemaré
Mañana
Cuando te toque, me calcinaré entera




Y sí



Sí estoy demente



Lo sé



¿Lo sabes tú?





Te tengo terror.



Imágenes por Conrad Roset

20091009

Silencio


Me hubiese gustado que lo preguntaras hace muchos años. Cuando aun creía en tu omnipotencia y bebía tus historias como agua de manantial claro, de esos con nombre de marca de pasta dental, con blanqueador.

Cuando jugaba con los sombreros de mi abuelo, entre su colección de ceniceros y la de pipas, la de ajedreces y la de cuadros resquebrajados por memorias impermanentes –como Dalí, Dalí y sus horas deshoradas, impuntuales, desatinadas-, cuando corría entre cojines forrados de silencios, silencios agudos y silencios graves -como los de Bebé, la mujer barbuda, Bebé, que nunca fue acariciada, nunca, ni en ese segundo eterno que duró más que todos los segundos anteriores-, cuando con ellos, los cojines con algodón de silencios claros y oscuros, construía una fortaleza en el sofá de la sala –el sofá que costó muchospesosmásdelosquepodríasimaginar, como dijo mi hermana, porque al sofá no lo recuerdo (aunque creo que era de color claro), lo que recuerdo es la plática de Cuánto Costó El Sillón, y el enojo de la enfermera y sirvienta de mi abuelo que le servía también de esposa y, después de su muerte, de ratera, su enojo porque le molestaba que se sentasen en él, el sillón que costó muchísimospesos. Y mi abuelo, con su parche y su bastón de punta fina (como el día que en la escuela vieron una fotografía suya y riendo preguntaron si se creía pirata, y yo, con voz lapidaria, respondí que no, no pirata, guerrillero, y no, no se creía, lo era. Y ni siquiera sabía lo que la Ge de guerrillero quería decir, y ya pintaba corazones alrededor de Cuba cuando debíamos colorear los mapamundis) mi abuelo sentado en su esquina y todos a su alrededor en un silencio sepulcral. Y yo sentada en sus piernas. Y su sonrisa. Y su ojo, el único ojo que veía, empapado de tierras vencidas y muertes ajenas, su ojo se iluminaba, y las gotas de sangre vieja escapaban, cuando me sentaba sobre sus piernas en su esquina acostumbrada-, fortalezas para protegerme de las balas que salían disparadas de la boca hinchada de mis primos y se precipitaban con tino mortal a mi refugio anecóico de tela y plumas.

Me hubiese gustado que lo preguntaras hace tantos años… Cuando mi cuerpo comenzó a incomodarme con sus cambios, y compraba corpiños a escondidas –como ese de florecitas morado claro, sobre fondo morado oscuro, que usaba día tras día en un interminable reciclar para no deberlo lavar y que descubrieran mi secreto-, corpiños y productos de nombres prohibidos, y la vergüenza del primer desodorante y la carta a mi madre declarándole que deseaba comenzar a usarlo –era un tubito blanco, con tapa verde claro, roll-on, inodoro, para piel sensible-, y lo guardé como reliquia egipcia, frágil, secreta, única, perfecta.

Cuando llamaba a escondidas a Diego Fregoso, todas las tardes al llegar a casa –y la vez que oí a su madre entrar al cuarto al otro lado de la línea, y a él gritarle en tono seco que se fuera y lo dejara. Ella y su voz entrecortada disculpándose. Él repitiendo que cerrara y se largara-, y nuestras pláticas sobre el Yacult que se pegaba al paladar al beberlo –porque su teoría era que lo tragábamos y regurgitábamos una parte, y yo reía a carcajadas ante sus ocurrencias, y le decía que no Diego, que el Yacult estaba vivo-, y cuando cortó con su novia y salió con la puta que se cortaba con piedras de sal, robadas del museo al que nos llevaron. Y el amor nunca puesto en palabras, fermentado y añejo, y después olvidado. (Y a Diego Fregoso lo volví a ver años después. Tenía tetas de mujer y dejó embarazada a la niña más religiosa del colegio, esa que tenía una familia que me odiaba porque un día dije que no creía en Dios, y se hizo silencio en la mesa y nunca volví a pisar su casa de poliéster y tablas de madera importada)-.

Me hubiese gustado que lo preguntaras hace varios años, cuando me aventuré con pasos temblorosos en el terreno de los corazones descosidos y vueltos a reparar, cuando aprendí la diferencia entre un beso sabor a océano y otro del color del fuego, un beso en Do menor y uno con olor a piña -como los de Karma y su hombre de papel de estaño-.

Cuando lloraba entre paredes metálicas y pinos escarchados –como las mañanas en que al llegar nos encontrábamos el pasto cubierto de hielo fresco, y en las tapas de los basureros nos deslizábamos colina abajo entre los gritos impotentes de directores y maestros (y el maestro que se cargaba a las estudiantes en la espalda, y les hacía cosquillas entre las bancas rayoneadas, y el día que del baño salían ruidos de amortiguadas carcajadas, y al abrirse las puertas salieron una, dos, tres estudiantes sonrojadas [y la prefecta estaba fuera de la puerta, con sus lentes de fondo de botella y su clipboard en la mano izquierda, y con mirada de desaprobación les dio la espalda y se fue en silencio, contrariada]. Ese maestro que iba a visitar a mi mejor amiga a su casa, y tenía un letrero con su nombre pegado en las paredes de su aula. El mismo profesor que año con año le mandaba mensajes de felicitaciones a mi hermana. En su cumpleaños, Año Nuevo, Navidad y hasta en el día de Pascua. Y yo hasta me sentía celosa porque a mí no me veía tanto como a ellas), y a la hora del almuerzo el hielo se derretía, y volvíamos a la rutina, entre enchiladas y gomitas de grenetina-, lloraba y comía en los rincones, acompañada de libros y rechazos, burlonas canciones, cuadernos blancos –y el cuaderno rojo que más tarde se convirtió en mi diario, receptáculo de confesiones y lágrimas de sal de cocina, cuaderno que parió hijos y nietos que continúan estando hoy entre mis estanterías de madera barnizada-.

Cuando seguí tus pasos hacia las tierras comprensivas y traicioneras del alcohol y las noches de juerga, cuando mi cuerpo se convirtió en patrimonio común y mi mente en objeto dócil y moldeable. Cuando bajé a trompicones a pozos de aguas espesas y oscuras y bebí hasta desmayarme intoxicada. Cuando pedí ayuda a gritos y respondiste con sumas de capital para una terapia personal.

Me hubiese gustado que entonces preguntaras. Y quizás, que respondieras también.

Me hubiese gustado que lo hicieras hace algunos años, cuando partí y volví con brazos abiertos y miradas nuevas, cuando la voz de mi pecho comenzó a dictar mis acciones y di mis primeros pasos fuera del mundo de cartón que habitaba. Cuando elegí titubeante mi profesión y me entregué a ella, cuando le di la espalda para volver a abrazarla después –y las lágrimas de desesperación y las de alegría, las ganas de rendirme y la voz que obligaba a seguir andando. Las dudas y confusiones, callejones sin salida y objetivos traicionados y abandonados-, y anuncié a los cuatro vientos que a eso dedicaría mis días y noches de vigilia.

Cuando la cuenta de los hombres que han dejado su firma entre mis costillas y mi espalda comenzó a ascender, cuando sus nombres se borraron como huellas sobre la arena –como los pasos de Ann Deveriá y Elisewin en Océano Mar.

Y Océano Mar.

Y la enfermedad sin cura.

Y la posada Almayer, al borde de la existencia.

Y el jardín de rosas silenciosas.

Therése muriendo entre los brazos de Thomas.

Adam naciendo entre los labios de una quinceañera.

(Y yo no tuve fiesta de quince años. Y tú no hablaste a regalarme tu voz emocionada.

Ni ese año, ni el siguiente.

Ni los que le han sucedido hasta ahora.)

Adam y sus ojos desbordantes de historias.

(Y yo tenía tantas historias que envolverte en papel celofán, como el hombre de celofán que bailaba entre prostitutas y cárceles francófonas.)

Océano Mar tatuado en mi mirada-.

Nombres de hombres y de mujer dejando memorias borrosas sobre mi piel, como fotos polaroid descoloridas –como la primera vez que revelé una fotografía, y los dos hoyitos por los que se colaba la luz de la ventana. La mujer de cabellos rizados color zanahoria, que acabó por quererme tanto, con dos gatos y una hija que vivía a tres cuadras de su casa. Rosalba, se llamaba-, mi piel, temblando bajo el roce de dedos cálidos, mi virginidad en un campo nublado, mi falda rosa sobre mis rodillas –esa que le presté a la noviadelamigodelhermanodemimejoramiga que hoy ya no es mimejoramiga pero que lo fue por muchos años y que nunca me regresaron a pesar de que su novio decía que ella siempre regresaba las cosas-, falda rosa y camiseta gris, con una prostitutita estampada, y yo me sentía como ella, la prostitutita sobre fondo gris, estampada, y debajo mi falda rosa arrugada.

Me hubiese gustado que lo preguntaras hace un par de años, durante alguno de mis regresos, antes de alguna de mis partidas. Cuando entendí que ninguna partida es igual, que todas tienen olor a viento, un color de viento distinto. Cuando aprendí a distinguirlas, a ellas y a sus razones. Cuando me fui huyendo, cuando lo hice persiguiendo, cuando partí por rechazo, cuando fue por amor, cuando sonreía al dar la espalda, cuando lloré en secreto al no extrañar. Cuando partí vacía y regresé rebosante. Cuando me fui entera y volví rota. Cuando deseaba no volver, cuando me hacía falta desearlo.

Una.

Dos.

Tres.

Cuatro.

¿Cuántas partidas te tomará antes de venir a despedirme? –Y recuerdo que incluso mi nana ha llorado cuando parto. Que ella, en mis cumpleaños, viaja sobre asfalto y sobre vías para posar un abrazo en mis espaldas adoloridas-. Porque hace falta partir para aprender a volver.

Y yo nunca he aprendido a hacerlo. Nunca he vuelto por completo.

El teléfono suena, y tu voz de hierro fundido golpea mis tímpanos empapados en lágrimas como respuesta. “¿Quieres ser mi hija?” lanzas en un soplo de aire –como una paloma que lanza a su polluelo al vacío por vez primera, con indecisión, con dolor, con miedo, miedo, miedo estremeciendo el tono de su timbre cantor-. Incógnita que flota en el aire en un segundo eterno –como el de Bebé cuando no la amaron

O el de Elisewin cuando no murió

Cuando el universo deja su rol activo y toma asiento entre las butacas para presenciar lo que sucederá, como dice Baricco

Como Las Horas de Virginia Woolf

Momento en que todo puede pasar-.

“Ya no. Hoy, ya no.”

Me hubiese gustado que preguntaras.

Y quizás, también, que respondieras.


Has sido mi más grande silencio.




Imágenes por Carla Bedini.